Cómo respira una ciudad

La neurocientífica Nazareth Castellanos y la especialista en regeneración urbana Malú Cayetano explican cómo el ruido, el calor y la falta de naturaleza influyen en la atención y el descanso. Renaturalizar una ciudad exige mucho más que llenarla de plantas.

22/04/2026

Nora Sesmero

En una avenida con varios carriles, el cuerpo toma decisiones antes de que lleguemos a pensarlas. Aceleramos para cruzar. Elevamos la voz cuando pasa una motocicleta. Buscamos la sombra de una fachada y evitamos respirar cerca de un tubo de escape.

Son gestos pequeños, pero ofrecen información sobre la ciudad. El ruido, la temperatura, la contaminación y el movimiento constante no permanecen fuera del organismo. Condicionan la atención, la postura y el ritmo respiratorio.

«La respiración es un proceso básico que nuestro cuerpo ha automatizado. Pero la forma en la que respiramos sí es aprendida», explica la neurocientífica Nazareth Castellanos.

Aunque respirar es una función involuntaria, su frecuencia y profundidad varían con la actividad física, el cansancio, el miedo, la postura o el estado de alerta. En un vagón abarrotado, durante una jornada de trabajo larga o al caminar por una calle expuesta al tráfico, puede hacerse más rápida y superficial.

«La gran cantidad de estímulos hace que respiremos más rápido», señala Castellanos.

La respuesta no es idéntica en todas las personas ni permite concluir que cualquier entorno urbano resulte perjudicial. Sí revela que el organismo se ajusta de manera continua a las condiciones que encuentra. La ciudad participa en ese ajuste.

Respirar según el entorno

Durante los últimos años, la respiración ha ocupado un lugar central en los discursos sobre bienestar. Aplicaciones, cursos y dispositivos prometen reducir la tensión mediante inspiraciones más lentas o exhalaciones prolongadas. Estas prácticas pueden ayudar a reconocer el estado del cuerpo, pero tienen un alcance limitado.

Una técnica respiratoria no enfría una plaza sin árboles. Tampoco reduce el ruido nocturno, mejora una vivienda mal ventilada ni acorta un desplazamiento de dos horas. Cuando el malestar está relacionado con las condiciones materiales del entorno, la respuesta no puede recaer únicamente en la persona. Castellanos introduce así una dimensión colectiva. 

«La salud mental es una cuestión individual y social, también responsabilidad de las administraciones».

El cerebro procesa de forma constante los estímulos que llegan del exterior. No prestamos atención consciente a cada sonido, movimiento o cambio de luz, pero el organismo debe decidir qué ignorar y ante qué reaccionar. Esa demanda puede aumentar en lugares con tráfico, ruido o una elevada densidad de señales.

La fatiga, la dificultad para concentrarse y la sensación de saturación no tienen una causa única. Influyen también la calidad de la vivienda, la situación económica, las relaciones sociales, la seguridad o las horas de descanso. Hablar del efecto del espacio urbano exige tener en cuenta ese conjunto de factores.

La respiración puede servir como una señal. Permite observar cómo responde el cuerpo, pero no explica por sí sola el origen de lo que sentimos.

Qué sabemos sobre naturaleza y cerebro

Las investigaciones sobre espacios verdes, estrés y salud mental han crecido durante las últimas décadas. Muchos estudios encuentran asociaciones favorables entre el contacto con la naturaleza y determinados indicadores de bienestar. Sin embargo, los resultados no siempre permiten establecer una relación directa de causa y efecto.

Una investigación del Instituto Max Planck para el Desarrollo Humano, publicada en 2022 en Molecular Psychiatry, analizó la actividad cerebral de un grupo de participantes después de caminar durante una hora por un bosque y por una calle urbana. Tras el paseo por el entorno natural disminuyó la actividad de la amígdala, una región relacionada con el procesamiento del estrés y la amenaza. El mismo cambio no se observó después del recorrido por la ciudad.

El estudio ofrece una pista, no una conclusión aplicable a cualquier situación. Un bosque, una ribera, un parque pequeño y una calle arbolada plantean experiencias diferentes. También importa cómo se llega a esos lugares, cuánto tiempo se permanece en ellos y si resultan seguros y accesibles.

«Alejarnos de entornos naturales incrementa la probabilidad de alteraciones en la salud mental», sostiene Castellanos.

La afirmación requiere contexto. Quienes viven cerca de parques pueden disfrutar también de viviendas mejores, menos contaminación, calles más caminables o mayores recursos económicos. Todos esos elementos influyen en la salud.

Por eso conviene evitar una lectura simplificada. La naturaleza no actúa como un tratamiento con una dosis igual para todo el mundo. Sus efectos dependen de la calidad del espacio, de las condiciones sociales y de la relación que cada persona puede establecer con él.

La biofilia sale de la oficina

El concepto de biofilia permite ampliar la conversación. Erich Fromm utilizó el término para referirse a la inclinación hacia aquello que crece y se mantiene con vida. Años después, el biólogo Edward O. Wilson lo popularizó como una afinidad humana hacia otras especies y procesos naturales.

La palabra ha llegado a la arquitectura, el diseño y el urbanismo. También se ha convertido en un reclamo comercial.

Una oficina puede presentarse como biofílica por tener macetas, un muro vegetal o materiales que imitan la madera. Hoteles, centros comerciales y promociones inmobiliarias utilizan la vegetación para transmitir bienestar. Sin embargo, esas intervenciones dicen poco sobre la relación del edificio con el agua, el suelo, la temperatura o la biodiversidad del lugar.

Una ciudad no mejora su funcionamiento ecológico porque coloque plantas en un vestíbulo mientras elimina árboles maduros de las calles o impermeabiliza sus plazas.

Malú Cayetano trabaja en proyectos relacionados con la regeneración urbana y los procesos ecológicos. Para ella, la biofilia no cuenta con una definición única. «Cada uno tiene su propia imagen de lo que implica», explica.

La cuestión comienza a aclararse cuando se pasa de los objetos a los procesos. En lugar de limitarse a instalar vegetación, el urbanismo puede permitir que el agua se infiltre, que un río recupere movilidad o que determinadas especies encuentren refugio.

«Permitir que un río evolucione, que un espacio no esté completamente controlado», propone Cayetano.

Buena parte de la ciudad moderna se ha construido siguiendo el criterio contrario. Los cauces se canalizan, los suelos se cubren y la vegetación espontánea se elimina. Incluso los árboles se podan con frecuencia para adaptarlos a un espacio pensado antes que ellos.

«Hay una tendencia a bloquear, a invisibilizar los procesos naturales», añade.

Ese control facilita algunos usos urbanos, pero también puede reducir la capacidad del suelo para absorber agua, aumentar la exposición al calor y empobrecer los hábitats disponibles. La renaturalización obliga a revisar qué intervenciones son necesarias y cuáles responden únicamente a una determinada idea de orden.

La apariencia de un lugar cuidado

Un espacio con vegetación espontánea no siempre coincide con la imagen convencional de una ciudad bien mantenida. Las plantas crecen de forma irregular. Algunas se secan al terminar su ciclo. Aparecen insectos, hojas caídas y zonas de barro después de la lluvia.

«El gran reto es que la sociedad no interprete un espacio con vegetación espontánea como descuidado», señala Cayetano.

Durante años, el mantenimiento urbano se ha asociado con céspedes cortados, alcorques despejados y árboles podados de forma uniforme. Todo aquello que escapa a esa composición puede confundirse con abandono.

Cayetano habla de una «renuncia gozosa» a determinados niveles de control. No propone dejar de gestionar los espacios públicos, sino modificar el criterio. Habrá lugares donde intervenir de forma intensa y otros donde convenga facilitar que continúen los procesos ya iniciados.

La renaturalización tampoco pretende reconstruir una naturaleza anterior a la ciudad. Busca recuperar algunas funciones que la urbanización ha interrumpido.

Un suelo permeable absorbe parte del agua de lluvia. Un árbol ofrece sombra y reduce la temperatura de su entorno. Una ribera con vegetación proporciona refugio y alimento a distintas especies. El resultado no depende solo de cuántas plantas se añaden, sino de si pueden crecer, reproducirse y relacionarse con el resto del ecosistema urbano.

Quién puede acceder a la naturaleza

La recomendación de pasar más tiempo al aire libre parte a menudo de que todo el mundo puede hacerlo. No siempre es así.

Salir al campo, pasar el fin de semana cerca del mar o vivir junto a un parque son opciones ligadas al tiempo disponible, la renta, la movilidad y el lugar de residencia. Para muchas personas, el contacto cotidiano con la naturaleza se reduce a los árboles de su calle, un patio o una plaza cercana.

«Los espacios verdes son más importantes para quienes tienen peores condiciones de vivienda», explica Cayetano.

Cuando una casa es pequeña, está mal aislada o se comparte entre muchas personas, el espacio público adquiere más peso. Un banco bajo un árbol puede ofrecer descanso durante una tarde de calor. Un parque próximo amplía el lugar disponible para jugar, conversar o caminar.

Por eso, el número total de metros cuadrados de zonas verdes dice poco si no se analiza su distribución. Conviene saber cuánto se tarda en llegar, si hay sombra, si los caminos son accesibles, qué horarios tiene el recinto y si las personas se sienten seguras dentro de él.

Un gran parque situado en la periferia no sustituye a una red de calles arboladas, plazas pequeñas y patios abiertos. Tampoco sirve un jardín que permanece cerrado cuando las temperaturas alcanzan su máximo o que carece de bancos y fuentes.

Las desigualdades aparecen también después de una intervención. La creación de un parque puede elevar el precio de la vivienda y favorecer el desplazamiento de los vecinos con menos recursos. Sin medidas de protección residencial, una mejora ambiental puede beneficiar a quienes llegan después.

Renaturalizar implica, por tanto, pensar en la permanencia de la población, no solo en la transformación física del barrio.

Una cuestión de planificación

Árboles, agua, vegetación y suelos permeables siguen tratándose con frecuencia como complementos del urbanismo. Se incorporan cuando ya se han distribuido el tráfico, los edificios, el aparcamiento y las áreas comerciales.

Sin embargo, estos elementos cumplen funciones concretas. Reducen la exposición al sol, absorben parte de la lluvia, amortiguan el ruido y ofrecen lugares donde detenerse. También crean corredores para aves, insectos y otras especies.

Una calle sin sombra limita su uso durante los meses más cálidos. La ausencia de bancos presupone que todas las personas pueden continuar caminando. Una plaza cubierta de pavimento acumula calor y evacua el agua sin permitir que se infiltre.

Las decisiones urbanas influyen así en la experiencia diaria, aunque no determinen por sí solas la salud de quienes habitan la ciudad.

Castellanos recuerda que el cerebro es «un sistema en el mundo». El organismo responde a la vivienda, al aire, al ruido y a las relaciones sociales que se desarrollan en cada espacio. Cayetano traslada esa idea al diseño urbano. El entorno puede acompañar algunos procesos biológicos o dificultarlos.

Al pasar de una avenida expuesta al tráfico a una calle con árboles, la diferencia se percibe sin necesidad de metáforas. Baja la temperatura, se amortigua el ruido y aparecen lugares donde detenerse.

Que esas condiciones dependan del barrio o de la posibilidad de salir de la ciudad durante el fin de semana es la cuestión que la biofilia, llevada al urbanismo, obliga a discutir.

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