El sonido de las cigarras sigue atravesando los veranos mediterráneos, pero algo ha cambiado en el paisaje. Los bosques están más secos, los embalses dibujan cicatrices blancas sobre la roca y las noches de calor se han vuelto cada vez más largas. En muchas zonas de la costa, el Mediterráneo continúa pareciendo un escenario turístico con piscinas llenas, hoteles climatizados, terrazas abarrotadas y urbanizaciones que avanzan sobre antiguos terrenos agrícolas. Sin embargo, bajo esa imagen persiste una sensación de agotamiento ambiental que ya no puede esconderse.
La cuenca mediterránea es uno de los territorios más vulnerables al cambio climático. El IPCC y numerosos estudios científicos llevan años advirtiendo que el aumento de temperaturas, las olas de calor y la reducción de precipitaciones avanzan aquí más rápido que en otras regiones europeas. El problema ya no se limita a episodios puntuales de sequía o incendios excepcionales. Lo que emerge es una transformación estructural del territorio y de la relación humana con el paisaje. La hidrogeóloga Marta Santafé explica que el Mediterráneo ha pasado “de una gestión de crisis a una crisis de gestión”. Para ella, la diferencia es fundamental. “La sequía es temporal, pero el estrés hídrico estructural implica que la demanda de agua supera de forma permanente los recursos disponibles”, señala. La situación, añade, obliga a asumir que el clima mediterráneo ya no responde a los patrones conocidos durante décadas.
El agua invisible
Aunque el consumo doméstico suele concentrar la atención pública, Santafé recuerda que la agricultura intensiva representa entre el setenta y el ochenta por ciento del consumo de agua en gran parte del arco mediterráneo. A eso se suma el turismo masivo, especialmente durante los meses más cálidos, cuando la presión demográfica se multiplica precisamente en territorios donde el agua escasea. “Vivimos una ficción hídrica”, afirma. La expresión resume la sensación de que siempre habrá agua gracias a desaladoras, trasvases o nuevas infraestructuras. Sin embargo, esas soluciones técnicas tienen límites energéticos, económicos y ambientales. “La tecnología debe ser un apoyo, no una excusa para seguir creciendo como si el recurso fuera infinito”, advierte.
Aunque el problema se vuelve todavía más complejo bajo tierra. Muchos acuíferos mediterráneos sufren sobreexplotación y contaminación por nitratos procedentes de actividades agropecuarias, según la experta. En zonas costeras, la extracción excesiva provoca intrusión marina, ya que el agua salada penetra en los acuíferos y deteriora reservas que tardaron siglos en formarse. “Estamos minando un recurso invisible”, concluye Santafé. Casos como Doñana, el Mar Menor o el Delta del Ebro reflejan distintas formas de colapso ambiental. Aunque sus paisajes sean diferentes, comparten la presión de la urbanización, la agricultura intensiva y la sobreexplotación hídrica. En el Delta, además, la reducción de sedimentos causada por las presas y la subida del nivel del mar aceleran la fragilidad costera.
El paisaje que arde
La transformación mediterránea no se limita al agua. Los incendios forestales muestran hasta qué punto el territorio ha cambiado. Joan Buades, investigador especializado en turismo, globalización y cambio climático, relaciona directamente el auge del turismo masivo con la degradación del paisaje rural. “La apuesta ciega al dios del turismo implica el sacrificio de los últimos paisajes y de la tierra fértil que queda”, afirma. El abandono agrícola y ganadero ha favorecido la acumulación de biomasa en los montes. Allí donde antes existía un mosaico de cultivos, pastoreo y pequeñas explotaciones familiares, hoy predominan masas forestales continuas y más vulnerables al fuego extremo. Las altas temperaturas y las sequías prolongadas convierten esos territorios en espacios cada vez más inflamables.
Buades considera que el Mediterráneo atraviesa una mutación histórica. “El siglo del turismo mediterráneo está llegando a su fin”, sostiene. La combinación entre crisis climática, saturación turística y deterioro ambiental amenaza el modelo económico construido desde mediados del siglo pasado alrededor del crecimiento ilimitado. Las consecuencias ya son visibles. Algunas playas pierden arena cada temporada, las olas de calor dificultan la vida cotidiana y determinadas zonas costeras empiezan a resultar menos habitables durante el verano. El propio Mediterráneo se calienta a velocidades inéditas. “El Mare Nostrum empieza a hervir”, resume Buades.
Una crisis también emocional
Más allá de los datos climáticos, ambos entrevistados coinciden en que existe una dimensión emocional de esta transformación. La desaparición del agua y la degradación del paisaje alteran también la memoria colectiva y los vínculos culturales con el territorio. Santafé recuerda que numerosos oficios tradicionales dependían de una relación directa con el agua, como los acequieros, los molineros, los agricultores o las comunidades de regantes que gestionaban recursos de forma colectiva. Buades utiliza el concepto de “solastalgia”, acuñado por el filósofo Glenn Albrecht, para describir la sensación de extrañamiento que provoca vivir en un territorio que deja de reconocerse como propio. La artificialización del paisaje, la urbanización masiva y la pérdida de biodiversidad generan una ruptura emocional difícil de medir estadísticamente, pero profundamente perceptible.
Frente a este escenario, ambos defienden la necesidad de replantear el modelo mediterráneo desde límites ecológicos reales. Santafé propone ciudades más adaptadas a la aridez, capaces de captar agua de lluvia y reducir consumos innecesarios. Buades reclama limitar el crecimiento turístico y devolver protagonismo a comunidades locales y economías menos extractivas. El Mediterráneo no desaparecerá de golpe. Cambiará lentamente hasta convertirse en otra cosa. La pregunta ya no es únicamente cómo evitar incendios, sequías o desertificación, sino qué territorios queremos seguir habitando y qué relación estamos dispuestos a reconstruir con un paisaje cada vez más frágil.
Biodiversidad en retroceso
La crisis mediterránea también avanza sobre especies, suelos y ecosistemas enteros. La desaparición de polinizadores, la expansión de especies invasoras y la degradación del suelo aparecen entre las principales amenazas señaladas por la Plataforma Intergubernamental Científico-normativa sobre Diversidad Biológica y Servicios de los Ecosistemas (IPBES) y distintos estudios sobre biodiversidad mediterránea. Quizá por eso la crisis climática no pueda entenderse únicamente como un problema ambiental. También es una discusión sobre memoria, límites, desigualdad y futuro compartido. Y es posible que, en pueblos costeros, se pregunten… Si el paisaje cambia tan rápido, ¿cómo protegemos una identidad mediterránea construida alrededor del agua, la agricultura y la vida comunitaria frente al avance del calor y la explotación económica?
