Un buceador desciende sobre una pradera verde que se mece despacio, como un bosque bajo el agua que poco a poco se desvanece. Algo está cambiando bajo la superficie del Mediterráneo. Para responder a esta cuestión, hablamos con dos personas que llevan años observando ese mar desde ángulos distintos: por un lado, María García, investigadora del Departamento de Ecología Marina del CEAB-CSIC; y por otro, Antonio Márquez, presidente de la organización Oceánidas y buceador desde hace cuatro décadas.

Un mar que se calienta más rápido que el resto
García sitúa el problema en cifras. Y es que la temperatura superficial del agua ha subido más de 1,5 grados en las últimas décadas, «a un ritmo tres veces mayor que para el resto de las aguas del planeta». Las consecuencias, explica, se parecen a las de un incendio forestal, pero bajo el agua las olas de calor marinas provocan episodios de mortalidad masiva en corales, gorgonias, esponjas, briozoos y algas. A eso se suma, como otro fenómeno silencioso, la llegada de especies foráneas, sobre todo a través del Canal de Suez, que ha convertido al Mediterráneo en lo que la investigadora describe como un auténtico hot spot de invasiones marinas.
Antonio Márquez lo confirma desde su propia memoria de buceador. «Comencé a bucear hace 40 años. He visto cambiar nuestros fondos marinos desde entonces y ser testigo del deterioro de los mismos», cuenta. Pone dos ejemplos muy concretos como «la desaparición de las praderas de Zostera y la casi extinción de los caballitos» de mar. Y añade como tercer síntoma «la cantidad de residuos que ahora invade nuestros fondos marinos, plásticos, neumáticos, toallitas, etc.».

Medusas y el síntoma que se nota en la piel
Si hay un cambio que el ciudadano medio percibe directamente, es el de las medusas. García explica que estos organismos llevan más de 500 millones de años en los océanos, pero que sus proliferaciones actuales tienen causas humanas. La sobrepesca ha reducido tanto a sus competidores como a sus depredadores, dejándoles más alimento y menos presión; la eutrofización —el exceso de nutrientes que llega al mar— también favorece su expansión. El cambio climático, añade, «está resultando ser clave en la aceleración de la reproducción de algunas especies del plancton gelatinoso», lo que explica los llamados blooms o proliferaciones masivas que cada verano llegan a las costas.
Márquez coincide en que estos cambios ya han dejado de ser advertencias lejanas. «Las señales de alarma que llegarán al ciudadano medio serán a través de los medios de comunicación y solo les preocupará cómo afectará a sus vidas», advierte. Y enumera algunas de sus consecuencias: «microplásticos en el pescado de consumo, playas con arribazones del alga Rugulopteryx okamurae, menos pescado y pescado más caro».
Especies que cambian de casa
No son solo las medusas las que se mueven. García describe cómo especies antes restringidas al Mediterráneo oriental, de aguas más cálidas, son ahora comunes en la cuenca occidental, mientras que otras especies del sur amplían su distribución hacia el norte. Para seguir este fenómeno, los equipos científicos de Observadores del Mar desarrollaron un protocolo de censos con especies indicadoras —como Thalassoma pavo frente a Coris julis— que permite comparar zonas cálidas y templadas a lo largo del litoral y así medir, año tras año, el avance de lo que la investigadora llama «la tropicalización del Mediterráneo».
La posidonia, la joya que casi nadie ve
Si hay un ecosistema que ambos entrevistados señalan como decisivo, es la Posidonia oceanica. García la define sin rodeos como «la joya de la corona de la conservación marina en el Mediterráneo». Sus praderas frenan la erosión de las playas al amortiguar la energía de las olas, filtran sedimentos y plásticos, y sobre todo capturan grandes cantidades de CO₂, lo que ayuda a mitigar el cambio climático.
«La posidonia es una pieza fundamental que hay que proteger, ya que, por una parte, estas praderas sumergidas son grandes secuestradoras de carbono y, por otra, son grandes guarderías de alevinaje para especies de interés pesquero», explica Márquez. Y cuando le preguntamos qué enseñaría a un ciudadano que quisiera entender de una vez por qué merece la pena proteger el Mediterráneo, responde que lo llevaría a una pradera de posidonia, «estos oasis de vida» asociados a ella.
El peso del turismo en la costa
García añade la presión turística como otro factor que rara vez se asocia a la crisis marina. «Normalmente, el turismo no es demasiado positivo», explica, porque la mayor afluencia trae consigo un mayor aporte de nutrientes al agua, más tráfico de embarcaciones y motos acuáticas y más contaminación vertida en la franja costera. Es un recordatorio incómodo de que el mismo litoral que atrae a millones de visitantes cada verano es también el que sufre las consecuencias de esa afluencia, sobre todo en zonas donde conviven playas masificadas y praderas de posidonia frágiles frente al fondeo de embarcaciones.

Cuando los ciudadanos se convierten en científicos
Ambos coinciden en que la observación ciudadana ha cambiado las reglas del juego. García recuerda que, hasta hace poco, los datos del mar dependían casi en exclusiva de campañas científicas puntuales; hoy, la red Observadores del Mar reúne a más de ochenta investigadores de distintas universidades y se nutre de observaciones realizadas por buceadores, pescadores y bañistas de toda la costa. «Cualquier evento de interés para la conservación de los océanos puede ser reportado», explica.
Desde Oceánidas, Márquez pone nombre a lo que esa red de ojos ha logrado detectar. Gracias al voluntariado de submarinistas repartido por toda España, «hemos detectado la drástica disminución de los caballitos de mar y descubierto algunas pequeñas colonias que sobreviven ancladas a cabos y aparejos de pesca, ya que sus hábitats originales han desaparecido en la mayor parte de nuestros fondos». Es, dice, un hallazgo que difícilmente habría llegado a la ciencia tradicional sin esa red de observadores distrubiudos por el litoral.

Aprender a mirar de nuevo
Para Márquez, proteger el mar empieza por cambiar la forma de mirarlo. «No es solo una imagen de playas y mar azul; hay que mirar y conocer lo que hay bajo ese manto azul y tomar conciencia de la necesidad de protegerlo», afirma. Cree que la educación es la vía más eficaz para llevar el conocimiento del mar «no solo a los habitantes de las zonas costeras, sino también a los escolares de toda España», como primer paso hacia una generación más comprometida.
García, por su parte, ve en esta corriente de observación colectiva algo más que ciencia: una nueva forma de atención hacia un territorio que solíamos dar por hecho. El Mediterráneo sigue pareciendo, desde la orilla, el mismo de siempre. Pero basta con sumergir la cabeza, prestar atención a una medusa, a una pradera que se mece o a una colonia diminuta de caballitos aferrada a un cabo de pesca para entender que ese azul de postal esconde una transformación que ya está en marcha y que, como recuerda Márquez, quizá la mejor manera de frenarla sea empezar a mirar el mar de otra manera.

