El zumbido que sostiene el mundo

Cuando el 75% de los vegetales de los que nos alimentamos depende de una polinización que agoniza bajo el modelo industrial, la agricultura regenerativa los está recuperando.

21/05/2026

Nora Sesmero

A primera vista, el campo parece seguir funcionando igual. Los almendros florecen en febrero, las hortalizas llenan los mercados y las abejas continúan apareciendo en los dibujos infantiles como un símbolo amable de la primavera. Pero basta detenerse unos minutos en cualquier carretera secundaria para advertir que algo ha cambiado. Los parabrisas ya no se llenan de insectos como antes. Hay menos ruido en los márgenes agrícolas. Menos pájaros. Menos polinizadores. Menos vida.

La desaparición progresiva de insectos no ocupa titulares diarios, aunque afecta directamente a la forma en que comemos, cultivamos y habitamos el territorio. Según explica Paola Vecino, fundadora de El Rincón de la Abeja, entre el 70 y el 75% de los vegetales de los que nos alimentamos dependen de la polinización por insectos. Además, más del 30% del volumen mundial de alimentos está vinculado a este proceso biológico silencioso. «Nuestro futuro como especie depende de ellos», resume.

¿De qué hablamos cuando hablamos de polinizadores?

Cuando se habla de polinizadores, la imagen dominante suele ser la abeja melífera. Sin embargo, el equilibrio ecológico depende de una red mucho más compleja formada por moscas, mariposas, escarabajos, abejorros y otras especies que cumplen funciones específicas dentro de los ecosistemas. «Cada insecto se ha especializado en determinados tipos de plantas», explica Vecino. «El abejorro se utiliza mucho en el tomate porque puede polinizar flores tubulares mediante vibración», ejemplifica.

La polinización garantiza la existencia de frutos, determinando su calidad, tamaño y productividad. En algunos cultivos ya se están buscando variedades autofecundables para compensar la caída de insectos polinizadores, pero los resultados no son equivalentes. «El fruto empeora y la productividad disminuye», señala la experta. Otras especies directamente están siendo reemplazadas por cultivos menos dependientes de la polinización entomófila.

Entre el 70 y el 75% de los vegetales de los que nos alimentamos dependen de la polinización por insectos. 

Si para nuestros alimentos importa, la agricultura también

Detrás de esta transformación aparecen varias amenazas simultáneas: agricultura intensiva, sequías prolongadas, cambio climático, pesticidas y expansión de especies invasoras como la varroa o la avispa asiática. Para los polinizadores, muchos paisajes agrícolas contemporáneos funcionan como un vacío biológico. «Es como entrar en un desierto sin agua ni alimento durante kilómetros», resume Vecino.

Ese desierto es visible en buena parte de la agricultura intensiva mediterránea, formada por grandes extensiones de monocultivo donde desaparecen las franjas florales, la vegetación espontánea y los refugios naturales. Allí entra en juego el trabajo de agricultores regenerativos como Maikel Lara, que desde hace años devuelve biodiversidad a sus fincas de olivos y almendros.

Lara recuerda el momento exacto en que empezó a cambiar su manera de cultivar. «Me puse a estudiar y entendí que necesitábamos cobertura vegetal para regenerar el suelo y aumentar la materia orgánica», dice. La decisión implicaba dejar de arar continuamente la tierra y permitir que la vegetación creciera entre los cultivos. Los primeros cambios no tardaron en aparecer. «Cuando dejas las cubiertas empiezan a llegar insectos beneficiosos, microorganismos, vida», explica. La diferencia entre un suelo vivo y uno degradado, asegura, es inmediata. «Se nota en todo: en el olor, en el color, en la cantidad de insectos del suelo», asevera.

Finca de olivos y almendros de Maikel Lara en la provincia de Granada.

Dejar la cubierta vegetal para devolver la vida al suelo

En una agricultura acostumbrada a eliminar cualquier planta espontánea, la cubierta vegetal suele interpretarse como abandono. Lara conoce bien esa crítica. Muchos vecinos agricultores consideran que sus parcelas parecen descuidadas. Él responde observando los resultados. «Yo tengo cada vez más materia orgánica y ellos cada vez dependen más de abonos e insumos», comenta. La biodiversidad no llegó a su finca mediante grandes intervenciones técnicas. Apareció sola cuando dejó de combatirla. En los almendros, por ejemplo, sufría problemas recurrentes de pulgón. Mientras otras explotaciones seguían aplicando insecticidas, su finca comenzó a autorregularse gracias al regreso de insectos depredadores. «Los otros agricultores no lo ven. Ellos fumigan, matan todo y ya está», explica. Para Lara, el problema es cultural. La agricultura industrial ha normalizado paisajes donde cualquier signo de vida espontánea se interpreta como una amenaza para la producción.

Sin embargo, los datos del suelo cuentan otra historia. En sus análisis, la materia orgánica ha pasado de porcentajes inferiores al 1% hasta alcanzar zonas con un 4%. La tierra es más oscura, retiene mejor el agua y soporta mejor las sequías. Es curioso ver cómo pone lana a los pies de sus olivos. Porque la introducción de ovejas también ha transformado la finca. El estiércol alimenta microorganismos, mejora la fertilidad y favorece cadenas biológicas complejas que terminan beneficiando a los polinizadores. Todo forma parte de una lógica distinta, basada menos en controlar la naturaleza que en colaborar con ella.

Controlar menos la naturaleza

Para Paola Vecino, esa transición resulta urgente. La apicultura sostenible intenta producir miel minimizando el impacto ecológico y evitando la sobreexplotación del territorio, según la experta. La apicultura regenerativa va más allá. «Las abejas funcionan como ingenieros ecosistémicos, ayudando a cicatrizar paisajes degradados al favorecer nuevas semillas, alimento para aves y regeneración vegetal», explica.

La crisis de los polinizadores también revela la pérdida de nuestra capacidad para percibir los equilibrios ecológicos. Vecino habla de señales pequeñas pero constantes: menos insectos en los coches, menos aves migratorias, frutas de peor calidad, suelos más pobres y campos abandonados. Son síntomas dispersos de un mismo proceso. Mientras la agricultura intensiva aumenta la productividad inmediata, los ecosistemas pierden complejidad y resiliencia. El paisaje se vuelve más uniforme, pero también más frágil.

Las abejas funcionan como ingenieros ecosistémicos y ayudan a cicatrizar paisajes degradados.

Lara insiste en que otra agricultura es posible. Cree que los agricultores tradicionales saben leer mejor los territorios que muchos modelos técnicos contemporáneos. Quizá ahí se encuentre una de las claves de esta crisis silenciosa. Los polinizadores sostienen una parte esencial de la alimentación mundial, pero también recuerdan que la vida depende de relaciones invisibles, lentas y profundamente interdependientes. Algo que la sociedad contemporánea parece estar olvidando. Y es que, cuando desaparecen insectos aparentemente insignificantes, se alteran cultivos y se modifica la estructura entera del paisaje.

La interconexión de los factores

El zumbido de una abeja puede parecer mínimo frente al ruido de las ciudades, las máquinas agrícolas o los mercados globales. Sin embargo, en ese sonido diminuto persiste todavía una forma de equilibrio que muchas veces solo advertimos cuando empieza a desaparecer. Esa desaparición progresiva también modifica la economía rural. Allí donde disminuyen los insectos polinizadores, disminuye igualmente la estabilidad de muchas explotaciones agrícolas pequeñas, incapaces de competir con modelos industriales basados en fertilizantes químicos y producciones masivas. La consecuencia no siempre es visible de inmediato, pero termina apareciendo en forma de abandono del territorio, pérdida de variedades locales y empobrecimiento cultural del paisaje.

Sin embargo, tanto Vecino como Lara coinciden en que la solución no pasa únicamente por incorporar tecnología o aumentar subvenciones, sino por cambiar la mirada. Comprender que un insecto, una cubierta vegetal o una flor espontánea forman parte de la infraestructura que sostiene nuestra alimentación. «Todo está conectado», insiste Lara. La frase parece sencilla, pero encierra una idea incómoda para el modelo agrícola dominante: producir más no siempre significa producir mejor. A veces significa exactamente lo contrario. En esa tensión entre productividad inmediata y equilibrio ecológico se juega buena parte del futuro alimentario europeo. Ya está afectando a las ciudades, los precios, la calidad nutricional y, en un futuro, podría afectar a la capacidad de habitar territorios fértiles en las próximas décadas.

Compartir en

Quizá porque mi niñez sigue jugando en tu playa…

La llegada de medusas, especies exóticas y praderas de posidonia que desaparecen cuentan la historia del Mediterráneo del siglo XXI.

La vaca que sobrevivió con apenas un centenar de ejemplares

La mecanización del campo llevó a la raza murciana-levantina al borde de la extinción. Siete años de trabajo buscan asegurar ahora su futuro.

Qué respiramos también importa

El aire que respiramos transporta oxígeno, partículas, gases, polen y compuestos que interactúan con el cuerpo a diario. Una mirada al exposoma ayuda a entender hasta qué punto el entorno también forma parte de nuestra historia clínica.

24/07/2026

Quizá porque mi niñez sigue jugando en tu playa…

La llegada de medusas, especies exóticas y praderas de posidonia que desaparecen cuentan la historia del Mediterráneo del siglo XXI.

22/07/2026

La vaca que sobrevivió con apenas un centenar de ejemplares

La mecanización del campo llevó a la raza murciana-levantina al borde de la extinción. Siete años de trabajo buscan asegurar ahora su futuro.

07/02/2026

La vida subterránea de la lluvia

Tras semanas de temporales en Grazalema, el geomorfólogo Francisco Javier Gracia analiza cómo el agua sigue circulando bajo la superficie y prolonga sus efectos sobre el territorio.