A los nueve años, Virginia Mendoza ya escribía sobre la lluvia que no llegaba. Lo hacía en Terrinches, el pueblo manchego donde creció. En aquellos diarios infantiles se repetían el cielo, la espera y la falta de agua. Décadas después, esa memoria entraría en La sed.
La escena abre esta primera entrega de Klima Archive. La crisis ecológica se cuenta mediante informes, temperaturas y escenarios futuros, pero también se reconoce en una cosecha perdida, en una piedra que emerge cuando baja un río, en la forma de cuidar un jardín o en aquello que una sociedad decide llamar naturaleza.
Los seis libros de esta selección parten de lugares distintos —la filosofía, la ciencia, la antropología, el arte, la historia cultural y los saberes indígenas—. No forman un manual ni buscan ofrecer una respuesta común. Cada uno abre una puerta distinta hacia el mundo que ya estamos habitando.
Volver a pisar la Tierra
Habitar la Tierra recoge las últimas conversaciones de Bruno Latour con el periodista Nicolas Truong. Se publicaron poco después de la muerte del filósofo francés, en 2022, y conservan el ritmo de una voz que piensa mientras habla. No es un tratado sistemático ni una introducción ordenada a su obra. Latour vuelve sobre una preocupación que lo acompañó durante décadas, la separación moderna entre los seres humanos y el mundo que los sostiene.
Para describir el movimiento contrario empleaba un verbo muy concreto, «aterrizar». No lo entendía como una metáfora amable. Aterrizar suponía abandonar la fantasía de que vivimos por encima de los límites del planeta o separados de aquello que permite nuestra existencia.
Desde ahí, el libro desplaza una pregunta que conviene no cerrar demasiado pronto. ¿Qué cambia cuando dejamos de pensar la naturaleza como algo exterior a nosotros?
Las conversaciones avanzan, retroceden y se corrigen. Hay ideas que permanecen abiertas y pasajes que exigen una lectura lenta. Esa forma algo quebrada también forma parte del interés del libro. Latour no entrega un mapa completo. Antes obliga al lector a comprobar dónde tiene puestos los pies.
Todo lo que ya sabemos
Fernando Valladares abre La recivilización con una frase frontal. «Vivimos en guerra. Unos contra otros. Contra nosotros mismos. Contra la naturaleza».
El ecólogo del CSIC y premio Rei Jaume I de Protección del Medio Ambiente parte de una paradoja difícil de ignorar. La ciencia ha identificado buena parte de las causas de la crisis climática y conoce muchas de las medidas necesarias para reducir sus impactos. Sin embargo, la respuesta política y social continúa avanzando con una lentitud incompatible con la velocidad de los cambios.
Valladares se detiene en esa distancia entre saber y actuar. Recorre los modelos económicos, los hábitos de consumo y las formas de organización que dificultan una transformación colectiva. La palabra elegida para el título no propone regresar a un pasado idealizado. Habla de revisar aquello que hemos aprendido a llamar progreso.
También introduce una cuestión que a menudo queda fuera del debate climático, la confianza en el conocimiento, en las instituciones y en la capacidad de cooperar cuando los riesgos son compartidos.
La recivilización se lee como un ensayo de urgencia. Valladares no suaviza la magnitud del problema ni ofrece una lista de gestos individuales para tranquilizar al lector. Su pregunta es más incómoda. ¿Qué tendría que cambiar para que una sociedad actuara de acuerdo con aquello que ya sabe?
La sequía antes del informe
En varios ríos de Europa central existen piedras que permanecen ocultas bajo el agua durante años. Solo reaparecen cuando una sequía intensa hace descender el nivel del cauce. Se las conoce como Hungersteine, las piedras del hambre. Algunas conservan fechas e inscripciones grabadas por generaciones que padecieron escasez, malas cosechas y desplazamientos.
Virginia Mendoza recupera estas señales en La sed, publicado por Debate en 2024. Las conecta con recuerdos familiares, investigaciones arqueológicas y relatos sobre las rutas que la falta de agua ha trazado desde los primeros movimientos humanos.
El recorrido comienza en Terrinches, cerca del yacimiento de Castillejo del Bonete. En ese paisaje manchego, donde Mendoza creció pendiente de la lluvia, surgió hace miles de años una de las primeras sociedades hidráulicas del continente.
La periodista y antropóloga sigue las marcas que el agua deja en los cuerpos, los asentamientos y la memoria. La sed decide dónde se cultiva, cuándo se abandona una casa y qué historias pasan de una generación a la siguiente.
El libro salta entre épocas y lugares sin perder su origen personal. Junto a los datos aparecen el polvo, el calor y la espera. También el conocimiento de quienes han aprendido a interpretar señales que rara vez entran en un registro meteorológico.
La sed no sustituye la ciencia por la experiencia. Amplía el campo. Después de leerlo, resulta más difícil reducir la falta de agua a una cifra expresada en milímetros.
El jardín también ordena el mundo
Un jardín parece un lugar tranquilo hasta que observamos las decisiones que contiene. Alguien ha elegido qué plantar, qué podar, cuánto regar y qué especies deben desaparecer. Incluso la apariencia de espontaneidad necesita cuidados, límites y una determinada idea de belleza.
En Jardinosofía, Santiago Beruete recorre más de quinientas páginas de historia cultural a través de esos espacios. El viaje comienza en los jardines de la Antigüedad y alcanza los parques públicos, el paisajismo moderno y los huertos comunitarios de las ciudades contemporáneas.
Cada época construyó jardines a su medida. Los persas imaginaron en ellos una representación del paraíso. Las monarquías europeas utilizaron la geometría para exhibir orden y poder. Los parques urbanos introdujeron después otros usos y formas de encuentro. Hoy, los huertos vecinales recuperan parcelas abandonadas y mezclan alimentos, vínculos sociales y nuevas maneras de ocupar la ciudad.
Beruete, filósofo y antropólogo, convierte el jardín en una entrada a la política, la religión, la economía y el arte. Una hilera de árboles, una verja o un césped perfectamente cortado cuentan algo sobre la sociedad que los diseñó.
Es un libro extenso, pensado para avanzar sin prisa. Puede leerse por capítulos, interrumpirse y retomarse. Su efecto aparece después, al cruzar un parque o detenerse ante una planta que crece fuera del lugar asignado.
El arte ante su propia huella
La ecología ocupa cada vez más espacio en museos, festivales y centros culturales. Hay exposiciones sobre incendios, océanos, contaminación, extinciones y futuros posibles. Pero mostrar obras sobre una crisis no convierte automáticamente a una institución en ecológica.
Esa contradicción atraviesa The Artist as Ecologist, de la curadora e investigadora portuguesa Filipa Ramos. Publicado por Lund Humphries en 2025, el volumen recorre el trabajo de artistas de distintas generaciones y geografías que han incorporado la ecología tanto a sus temas como a sus formas de producción.
Ramos observa las obras, pero también las condiciones que permiten realizarlas. ¿Qué implica organizar una exposición ambiental que exige transportar piezas y personas alrededor del mundo? ¿Puede una institución hablar de sostenibilidad sin revisar su consumo energético, sus materiales o su relación con el lugar donde trabaja?
El libro evita tratar el arte como un simple vehículo para divulgar información científica. Una obra pierde fuerza cuando se limita a ilustrar lo que un informe ya explica con mayor precisión. Su capacidad aparece en otro terreno. Puede alterar la escala, detener la atención o introducir una experiencia que no cabe en un gráfico.
The Artist as Ecologist mantiene a la vista la tensión entre la creación artística y su impacto material. Esa incomodidad acompaña después al lector cuando entra en una exposición dedicada a la naturaleza y empieza a preguntarse no solo qué cuenta, sino también qué ha sido necesario para hacerla posible.
Entre la primera planta y la última
Robin Wall Kimmerer es botánica, profesora y miembro de la nación potawatomi. En Una trenza de hierba sagrada reúne conocimiento científico, memoria familiar y saberes indígenas sin encerrarlos en compartimentos separados.
La imagen del título contiene la estructura del libro. La hierba se trenza con tres hebras que, para Kimmerer, representan la ciencia, la tradición indígena y el relato personal. Ninguna basta por sí sola.
A lo largo de sus páginas aparecen bosques, fresas, arces, musgos, cosechas y comunidades. También palabras que no tienen un equivalente exacto en inglés porque expresan otra relación con aquello que nombran. El mundo vegetal no se presenta como un fondo silencioso. Tiene ritmos, respuestas y formas de intercambio que requieren tiempo para ser percibidas.
Una de las ideas que recorre el libro es la cosecha honorable. No tomar el primer ejemplar que encontramos. No recoger el último. Llevarse únicamente lo necesario. Pedir permiso, agradecer y devolver algo al lugar del que hemos recibido.
Kimmerer presenta esta práctica como una regla concreta, transmitida durante generaciones. Una forma de impedir que el deseo de obtener algo termine destruyendo su origen.
Entre la primera planta y la última queda un margen. El espacio suficiente para que la vida continúe.
