Hay razas ganaderas que sobreviven en los libros de historia y otras que sobreviven, a duras penas, en el campo. La raza bovina murciana-levantina pertenece a esta última categoría. Hace setenta años había dieciséis mil cabezas pastando en el sureste español. En apenas tres lustros, la maquinaria agrícola la dejó sin trabajo y sin valor económico, y estuvo a punto de desaparecer del todo. Hoy, gracias a un puñado de ganaderos y a un veterinario que lleva siete años dedicado casi en exclusiva a rescatarla, la raza empieza a asomar la cabeza. Según el censo oficial más reciente (31 de diciembre de 2025) del Ministerio de Agricultura, Pesca y Alimentación (MAPA), la raza bovina Murciana-Levantina cuenta con 36 animales con tendencia de la población en expansión. Hablamos con él sobre genética, cultura y el futuro de una raza que, como sostiene/según él, «no se puede proteger si no se conoce».
¿Qué hace única a la murciana-levantina?
Para Ismael Ramal, principal promotor de su recuperación, la singularidad de la raza empieza en sus genes. Explica que, morfológica y filogenéticamente, es la única en toda la Península que no pertenece a ninguno de los grandes troncos raciales, porque desciende del Bos primigenius frontosus, un linaje llegado en su momento desde Europa. «Es una raza que no está relacionada con ninguna otra», resume, aunque matiza que sí recibió influencia puntual de otras estirpes. Según recoge el Programa de Cría oficial de la raza, publicado por el Ministerio de Agricultura, y basado en los trabajos del zootecnista G. Aparicio (1960), la murciana-levantina es la única raza peninsular cuyo antecesor principal es el Bos taurus frontosus, aunque no es el único, ya que en su formación también influyó el Bos taurus brachicero africano por sucesivos cruces. A esa singularidad genética se suman los siglos de adaptación a un clima que, a priori, no parece el más hospitalario para una vaca.

Una raza que perdió su oficio
El motivo de su casi desaparición tiene poco de misterioso y mucho de historia agraria. No era una raza de ganaderos, sino de agricultores y transportistas. Se usaba para labrar tierras de regadío —más pesadas que las de secano— y para llevar mercancías al pueblo. «Aunque sea más lenta, tiene mucha más fuerza» que un caballo o una mula, señala Ismael, y en parcelas pequeñas la velocidad importaba menos que la potencia. Ese equilibrio se rompió a mediados del siglo XX. «En quince años se pasó de dieciséis mil ejemplares a considerarse extinta, entre 1955 y 1970», cuenta. La llegada del tractor le quitó su función y, con ella, su razón de ser económica.
La raza, sin embargo, no se había extinguido. En una búsqueda posterior, Ismael encontró un centenar de animales dispersos, sostenidos —dice Ismael— por «románticos» que los conservaron sin ánimo de lucro, simplemente por apego. «Les estaré eternamente agradecido, les deberíamos estar todos eternamente agradecidos a esos románticos, porque sin ellos habríamos perdido la raza», afirma. Pero reconoce que «así no podemos conservar una raza». El futuro, insiste, pasa por ganaderos profesionales que le den un valor económico real, algo que hasta ahora ha sido el gran punto débil del proyecto.
Un animal hecho a la medida del huerto
La adaptación de la vaca murciana-levantina es climática y también alimentaria. A diferencia de las razas de la Cornisa Cantábrica o de las grandes dehesas del sur, esta vaca creció en explotaciones familiares pequeñas, comiendo lo que sobraba de la huerta. «Es una vaca que está muy adaptada a la alimentación cambiante y a la alimentación muy leñosa y muy basta», explica. Esa versatilidad, sostiene, es precisamente lo que hoy la hace valiosa, la falta de pastores hace que la cabaña de ovino extensivo se esté reduciendo, abandonando zonas de pasto, que pueden ser aprovechadas y limpiadas por estas vacas, convirtiéndose en aliadas contra los incendios.

Genes que todavía no sabemos para qué sirven
Para Ismael, conservar la biodiversidad genética del ganado es también una forma de prepararse para el cambio climático. «Puede que esta raza tenga algún gen que nos sorprenda, que la haga resistente a algo que las otras razas no lo sean», plantea. En un escenario de temperaturas más altas y mayor aridez, afirma, tiene sentido preservar razas que llevan siglos adaptándose a esas condiciones. «Perdemos un acervo genético, perdemos unos genes, una adaptación que no sabemos en qué momento vamos a poder necesitar».

Lo que se pierde no es solo ganado
Más allá de la genética, Ismael habla de la raza como depositaria de cultura. En sus recorridos por distintas provincias ha encontrado palabras que se repiten allí donde hubo vacas murciana-levantinas, aunque cambien el acento o la administración. Al yugo tradicional lo llaman «uvio», y a los terneros, «cherros». Pero lo que más le conmueve es la reacción de la gente mayor al ver de nuevo estos animales. «Cuando llegas con los animales y ves a la gente mayor y cómo le brillan los ojos cuando los ven y te dicen ‘esas vacas son como las que yo tenía cuando era pequeño’…», relata, y confiesa que «se me ponen los pelos de punta solo de decirlo». El propio abuelo de Ismael, que siempre le había hablado de mulos y caballos, terminó reconociendo en unas fotografías a las vacas que tuvo de niño.

Un mercado de cercanía, no de supermercado
Ismael es claro respecto al modelo económico que puede sostener la raza. Y no es la producción industrial de carne. «Para la producción industrial […] no va a ser rentable nunca, eso lo tenemos asumido», admite. Su ventaja está en aprovechar pastos pobres y subproductos de la industria hortofrutícola —lo que de otro modo sería residuo— para producir una carne de calidad excepcional, aunque en poca cantidad. «No podemos entrar en un lineal de supermercado a vender añojos, pero sí en pequeñas carnicerías que además ayudan a activar la economía local», explica, convencido de que ese circuito corto es el único camino viable.

Sensibilizar antes que proteger
Preguntado por cómo acercar esta causa a las ciudades, Ismael no pide reconocimiento personal, sino atención hacia la raza y hacia los ganaderos que arriesgan su dinero por ella. Cita que «el 95% de los murcianos, por ejemplo, no saben que existe una vaca autóctona». De ahí su insistencia en que «no se puede proteger lo que no se conoce». Para él, dar a conocer esta vaca —su historia, su carne, su papel frente al fuego y la sequía— es el primer paso, y quizá el más urgente, para que no vuelva a estar a un centenar de ejemplares de desaparecer para siempre.
Antes de despedirse, Ismael añade en un matiz que suele pasar desapercibido cuando se habla de especies en peligro, casi siempre pensamos en fauna salvaje y casi nunca en las razas domésticas que durante siglos convivieron con nosotros. «Tenemos que tener en cuenta que además de las especies, la biodiversidad en especies es más la de fauna salvaje», apunta, recordando que la genética también anida en el ganado que cada región moldeó a su clima. Pone un ejemplo cotidiano con el refrán de «no confundas churras con merinas», dos razas ovinas tan distintas entre sí como lo es la vaca murciana-levantina de cualquier raza cárnica industrial. Es esa doble mirada científica y sentimental la que sostiene su trabajo diario, entre papeleo y trayectos por carretera para explicar que existe una vaca autóctona que muy pocos conocen. El censo, mientras tanto, sigue creciendo despacio, con la misma paciencia con la que esta raza aprendió, generación tras generación, a sobrevivir en tierras que nunca fueron pensadas para ella.

Cuando se le pregunta qué aprendizaje personal le deja este camino, Ismael se detiene, como si la respuesta fuera más grande que la pregunta. Habla de burocracia, de asociaciones de criadores, de puertas a las que ha aprendido a llamar; pero también, y sobre todo, de una cultura que resultó ser la suya sin que él lo supiera. «He descubierto que en realidad la vaca ha estado relacionada anteriormente con mis antepasados», confiesa, todavía con algo de asombro en la voz. Reconoce que la frustración forma parte del oficio, «a veces falla la parte administrativa y a veces falla la parte de la biología», y que recuperar una raza es un proceso lento, complicado, hecho de pequeños fracasos que hay que aprender a sostener. Pero por encima de todo eso, dice, se queda con algo más sencillo y más duradero, «he aprendido a ver la belleza de una raza y a valorar a todas las personas que trabajan por ella y que apuestan por la raza», resume. Quizá ahí, en esa mirada agradecida hacia quienes no se rinden, esté la verdadera medida de lo que significa salvar del olvido a un animal, a una cultura y, sin saberlo al principio, a una parte de la propia historia familiar.
