Hace veinte años, hablar de lo no humano en una conferencia de arte podía valerte una mirada de sospecha. Hoy, ese mismo lenguaje llena salas de museos y bienales internacionales y forma parte del vocabulario habitual de comisarios, artistas y público. Entre medias, hay una transformación silenciosa que la curadora Chus Martínez ha observado de cerca, primero como comisaria y teórica y ahora también como parte del engranaje de la Bienal de Venecia, uno de los grandes escaparates del arte contemporáneo. Hablamos con ella, en plena preparación de la muestra en Venecia, sobre qué puede hacer el arte frente a la crisis climática que no puedan hacer la ciencia o la política, y sobre estética, activismo, tiempo e instituciones.

Imágenes para pensar juntos
Para Martínez, la aportación específica del arte frente al cambio climático no es técnica, sino experiencial. «Dar imágenes y experiencia», resume cuando se le pregunta qué puede ofrecer el arte que la ciencia o la política no ofrecen. Explica que el cambio climático fue durante mucho tiempo «una cuestión muy abstracta» ante la que el individuo se sentía impotente, pero que en la última década y media muchos artistas han convertido esa realidad en material de trabajo, llevándola a museos y exposiciones. Ese gesto, dice, tiene un efecto colectivo: «Colectivizar esas imágenes y esos sentimientos ayuda a poder pensarlo como sociedad, porque si lo piensas solo como individuo es muy difícil». De esa colectivización nace, según ella, no solo una respuesta, sino «una posición y un nuevo comportamiento» ante lo que está ocurriendo.
Ese cambio, insiste, ya es visible en cómo hablamos de lo que no es humano. «Hablar de lo no humano hace 20 años era casi hablar de lo místico», recuerda, evocando conferencias en las que le preguntaban directamente si defendía «teorías místicas». Hoy, sostiene, esa idea de coexistencia entre lo humano y lo no humano está «absolutamente normalizado».

Ni progreso lineal ni estética única
Preguntada por si el arte está logrando imaginar futuros de mejora ambiental, Martínez rechaza la pregunta binaria que suele plantearse. «Es muy difícil la mejora, igual surge después de un gran empeoramiento», advierte, insistiendo en que el proceso «no es lineal sino que funciona de un modo más complejo». Lo que sí observa con claridad es un aumento de la percepción social sobre lo que está pasando: «Hay quienes por ser más conscientes lo niegan de una forma aplastante y hay quienes no lo quieren negar y quieren trabajar sobre la posibilidad de hacerlo mejor», dice. Ambas posturas, señala, «coexisten… como estamos viendo en paralelo».
Sobre si existe una estética propia de la crisis climática, matiza que no hay una sola, pero sí patrones reconocibles. Habla de un interés recurrente «por el agua», «por la luz y la energía», «por la tecnología» y «por el desastre» como motivos que un espectador atento reconocerá una y otra vez en el arte ambiental contemporáneo.

Sentir antes que mostrar
Cuando se le pregunta cómo representar lo vivo sin reducirlo a objeto, Martínez enumera un vocabulario casi sensorial como «palpitación», «sonido», «experiencia» o «sensorialidad». Cree que los artistas han logrado transmitir «la presencia y el volumen» de inteligencias que van más allá de lo humano, aunque ella recuerda que la ciencia, la religión y la literatura han hecho algo parecido durante siglos. Lo que cambia hoy, apunta, es el sentido de esa mirada, orientada a entender cómo convivimos con «muchas otras vidas» en el mismo planeta. Por eso defiende que el arte no se limita a «mostrar con los ojos», sino a hacer que la gente lo sienta «con la mente», algo que asegura presenciar en muchas exposiciones cuando observa cómo reacciona el público ante lo microscópico o lo macroscópico.

Activismo sin un único lenguaje
Sobre si el arte debe ser activista, Martínez prefiere hablar de diversidad de lenguajes antes que de una fórmula única. «Creo que el arte debe ser diverso», afirma, señalando que junto al activismo clásico conviven registros «más poéticos, más abstractos, más pictóricos e instalativos». Todos esos lenguajes, dice con una imagen fluvial, son «afluentes de un río que van a parar a una gran corriente de agua», la del arte contemporáneo en su conjunto.
Tampoco acepta la idea de que el arte suponga un riesgo. «El arte nunca es un riesgo, siempre es una posibilidad», sostiene, y añade que cuando un lenguaje artístico se agota, simplemente da paso a otro «absolutamente mórfico, cambia de forma cuando la sociedad lo necesita». Para ella, esa capacidad de mutación demuestra que arte y sociedad no son dos esferas separadas, sino una misma «sustancia absolutamente reactiva» que construimos entre todos.

Venecia, instituciones y toma de postura
La conversación llega, inevitablemente, a la actualidad de la Bienal de Venecia, marcada este año por la dimisión en bloque de su jurado internacional en medio de la controversia por la participación de Israel y Rusia. Días antes, el jurado había anunciado que no tendría en cuenta para los premios las participaciones de países cuyos dirigentes estuvieran sujetos a actuaciones de la Corte Penal Internacional, una decisión interpretada como referida a ambos países. La polémica se intensificó después de que el artista representante de Israel, Belu-Simion Fainaru, planteara posibles acciones legales frente a su exclusión de los galardones.
Martínez matiza los rumores que rodean el caso —«son rumores, no lo puedo constatar»— pero «me parece importante la toma de posición». Además, distingue entre la Bienal como institución histórica y los valores concretos que rigen cada edición. «Una cosa es la Bienal de Venecia como entidad que existe históricamente, otra cosa es la institución que rige y los valores que rigen esta edición», recalca. Asume su propia corresponsabilidad en ese engranaje imperfecto, «porque es un instrumento dentro de nuestro mecanismo de activar el interés por el arte contemporáneo».

El verdadero problema es el acceso
Al hablar de la distancia entre la sociedad y el arte, Martínez rechaza que el problema sea de interés o de educación estética en abstracto. Lo sitúa, en cambio, en los recortes a la educación pública, mencionando los ajustes presupuestarios en universidades como los de la Comunidad de Madrid, y se pregunta, con cierta indignación: «¿Cómo creemos que con recortes en las universidades públicas o en ciencia […] vamos a poder acercar a la gente a nada?». Habla también desde su propio origen, un pueblo pequeño de Galicia, para desmontar la idea de que el desinterés por el arte es cuestión de origen social cuando dice: «No tienen ningún problema con el arte. Nadie, por ignorante que sea […] los problemas los creamos cuando la gente no tiene acceso a nada».
Su propuesta final es recuperar la conversación cotidiana como forma de cultura. Sugiere restar tiempo a las redes sociales y a las plataformas de streaming para dárselo a la charla familiar: «Una radicalización del diálogo que no cuesta dinero, pero hablar con tu familia puede realmente revertir en un gran beneficio». En esa idea resuena todo lo que Martínez lleva defendiendo durante la entrevista… que el arte, como la crisis ambiental que retrata, no se resuelve en soledad, sino en compañía, en las salas de un museo, en una asamblea imperfecta como la de una bienal, o simplemente alrededor de una mesa, hablando de lo que todavía no sabemos del todo.

