El océano que el verano no muestra

De My Octopus Teacher a Deep Rising, cinco películas y documentales que recorren el mar desde la relación entre especies hasta la pesca industrial, la memoria política y la minería abisal.

01/07/2026

Klima Institute

Una pequeña cámara cae al agua junto a las redes de un pesquero. En otra película, un hombre regresa casi a diario a un bosque de algas frente a Ciudad del Cabo hasta reconocer los recorridos y escondites de un pulpo. El mismo mar aparece como refugio, zona de captura, lugar de memoria y futura mina.

Durante el verano solemos reducirlo a una superficie. Una línea azul al fondo de las vacaciones, una playa llena, una fotografía tomada desde la orilla. Estas cinco películas dejan atrás esa imagen. Bajo el agua aparecen animales capaces de sorprendernos, trabajos que agotan cuerpos y ecosistemas, huellas de violencias históricas, redes que siguen pescando en silencio y minerales que ya despiertan el interés de la industria.

Bajo el bosque de kelp

Entre los documentales recientes sobre naturaleza, pocos han alcanzado la popularidad de My Octopus Teacher (2020), dirigido por Pippa Ehrlich y James Reed. El cineasta sudafricano Craig Foster comienza a sumergirse con frecuencia en un bosque de kelp frente a Ciudad del Cabo. La repetición convierte aquel lugar en algo familiar. Aprende a distinguir señales, rutas y escondites hasta establecer una relación de observación continuada con un pulpo común.

Lo que podría haber sido un documental convencional de fauna marina adquiere otra cadencia. Foster vuelve al agua, sigue los movimientos del animal y presencia sus estrategias de caza, defensa y camuflaje. La película deja de explicar al pulpo desde fuera y empieza a seguir sus decisiones, huidas y formas de adaptación.

Entre las algas se abren refugios, emboscadas y vías de escape. La narración adopta por momentos un tono sentimental y coloca la experiencia personal de Foster en el centro. Aun así, su mayor acierto está en la duración. Permanece bajo el agua el tiempo suficiente para que el encuentro deje de parecer una anécdota.

La captura y el rastro

Leviathan (2012), de Lucien Castaing-Taylor y Véréna Paravel, conduce al extremo contrario. Rodada a bordo de un pesquero industrial en el Atlántico Norte, la película introduce pequeñas cámaras entre redes, cascos, cuerpos, peces y maquinaria. Unas quedan suspendidas sobre la cubierta. Otras caen al agua o acompañan los restos arrojados por la borda.

No hay una voz que ordene la experiencia. La faena se impone mediante los motores, la sangre, el cansancio y el movimiento incesante del barco. Redes, tripulantes, capturas y engranajes entran en una misma secuencia de arrastre, clasificación y descarte. La cámara pierde la orientación, golpea contra las superficies y se desplaza a una altura casi animal.

Leviathan introduce al espectador en el proceso y lo mantiene allí. El Atlántico deja de ser una extensión abierta. Es ruido, agotamiento y toneladas de peces arrastradas a cubierta.

En cambio, en El botón de nácar (2015), Patricio Guzmán encuentra en las aguas australes otro tipo de rastro. El archipiélago patagónico conecta dos historias separadas por siglos. La primera conduce hasta los pueblos canoeros del extremo sur de Chile, cuyas vidas dependían de los canales antes de la colonización y el exterminio. La segunda llega hasta los detenidos desaparecidos que fueron arrojados al mar durante la dictadura de Augusto Pinochet.

Guzmán reúne fotografías, testimonios, objetos y paisajes para reconstruir esas dos violencias. El título procede de un pequeño botón encontrado adherido a uno de los raíles recuperados del fondo marino. Piezas como aquella se utilizaron para lastrar cuerpos. Un objeto diminuto devuelve a la superficie una historia que se quiso hacer desaparecer.

El mar fue camino y sustento para los pueblos canoeros. Durante la dictadura se utilizó para ocultar cuerpos y borrar pruebas. Entre ambos episodios, la película recorre la colonización, la represión de Estado y las vidas que quedaron fuera del relato oficial.

De la última vaquita al fondo abisal

Sea of Shadows (2019), dirigido por Richard Ladkani, comienza con una especie al límite y termina revelando una red internacional de intereses. La vaquita marina solo vive en el norte del Golfo de California. Su principal amenaza son las redes empleadas para capturar ilegalmente totoaba, un pez cuya vejiga natatoria alcanza precios muy elevados en el mercado negro asiático.

El documental adopta el ritmo de un thriller. Sigue a científicos, periodistas, fuerzas de seguridad y organizaciones conservacionistas mientras buscan a los últimos ejemplares e intentan frenar la pesca ilegal. Hay persecuciones nocturnas, embarcaciones vigiladas y artes de pesca abandonadas. Ese ritmo favorece la trama criminal y dedica menos espacio a las dificultades de las comunidades pesqueras.

La imagen más inquietante apenas contiene movimiento. Las redes permanecen suspendidas bajo el agua, difíciles de distinguir, mientras los animales continúan entrando en ellas. La vaquita se acerca a la desaparición lejos de los grandes focos, atrapada por una mercancía destinada a compradores situados a miles de kilómetros.

El descenso continúa en Deep Rising (2023), de Mathieu Rytz. Su escenario son las llanuras abisales donde se acumulan nódulos polimetálicos ricos en níquel, cobalto, cobre y manganeso. Empresas y gobiernos los consideran una posible fuente de materias primas para baterías, tecnologías digitales y sistemas asociados a la transición energética.

La película alterna imágenes de ecosistemas profundos, todavía poco estudiados, con las negociaciones internacionales sobre su explotación. La minería submarina se presenta como una alternativa a las minas terrestres, aunque exigiría intervenir a gran escala sobre el lecho oceánico.

Muchas de las tecnologías destinadas a reducir las emisiones necesitan cantidades crecientes de minerales. Esa demanda convierte el fondo marino en la siguiente reserva disponible. Deep Rising examina los intereses empresariales, el derecho internacional y la rapidez con la que un espacio apenas explorado empieza a dividirse en concesiones.

Durante siglos, la profundidad mantuvo estos ecosistemas fuera del alcance de la industria. Ahora que la tecnología permite llegar hasta ellos, el océano profundo empieza a adquirir precio antes de haber sido verdaderamente conocido.

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